El París que nos recibía era la obra del barón
Georges-Eugène Haussmann, −el prefecto del Departamento de Sena que años
atrás había desarrollado el plan urbanístico de la Ciudad junto con
Napoleón III
En un inédito e increíble experimento científico, dos físicos y una
reportera viajan juntos en una máquina maravillosa que se desplaza a
través de agujeros de gusano del espacio-tiempo. Su objetivo: Comprender
e investigar más a la humanidad para mejorarla, así como generar
herramientas tecnológicas más avanzadas y conocimiento.
París, a 31 de marzo de 1889.
Hoy, la maravillosa máquina del tiempo y su impresionante agujero de
gusano −que nos devoraba en un vaivén de energía descomunal de más de
tres dimensiones− nos traían a París, Francia, casi al final del siglo
XIX. Descendimos muy cerca del Río Sena, uno de los ríos más
emblemáticos de la Ciudad, pero que ahora se adornaba al fondo con una
nueva y monumental estructura de 300 m. de alto y 125 m. de ancho en su
base cuadrada: La Torre Eiffel. Muy rechazada por los artistas de la
época como los escritores Guy de Maupassant, Alexandre Dumas (hijo) y
Paul Verlaine, la Torre estaba esperándonos cerca de las 8:00 a.m., para
asistir a su gran inauguración a las 1:00 p.m.
Estábamos en la Tercera República Francesa, la nación que había
nacido por la derrota de la guerra franco-prusiana iniciada en 1870 y la
caída de Napoleón III, la dueña del norte y el oeste del continente
africano y la Indochina francesa, la que ahora buscaba con ahínco
consolidarse como una democracia, tener una sociedad moderna, laica y
anticlerical con leyes para los trabajadores, la educación y la salud.
Sería la Francia que tenía como presidente a Marie François Sadi Carnot,
cuyo gobierno estaba a cargo de la celebración del Centenario de la
Revolución Francesa por medio de la Exposición Universal de París, la
cual exhibiría al mundo el gran avance científico, artístico,
tecnológico y social de la República.
El París que nos recibía era la obra del barón Georges-Eugène
Haussmann, −el prefecto del Departamento de Sena que años atrás había
desarrollado el plan urbanístico de la Ciudad junto con Napoleón III−
creando una urbe de bulevares amplios, plazas, parques, jardines y
rotondas, dotada de una gran infraestructura de agua, gas y desagües,
aunado a la construcción de muchos edificios neoclásicos para la
burguesía, monumentos y estaciones ferroviarias. En pocas palabras,
veíamos una ciudad vestida de gala para recibir los cien años de la Toma
de la Bastilla.
Nosotros como en los viajes anteriores, nos prepararíamos para el
gran suceso que representaría la inauguración de la Torre Eiffel; esta
vez seríamos los reporteros de varios medios de comunicación extranjeros
y tendríamos el honor de estar acompañados de los ingenieros Gustave
Eiffel y Émile Nouguier; del carpintero metálico y jefe de la obra Jean
Compagnon; de los reporteros de Le Figaro, de Le Monde Illustré y de Le
Matin; del director de la exposición Georges Berger; de muchos
funcionarios municipales y del gobierno de la República como el Primer
Ministro Pierre Tirard; de muchas señoras y de una centena de personas.
Estábamos nerviosos. Cuando el reloj marcaba las 12:30 p.m. nos
acercaríamos a un grupo numeroso de gente que se encontraba debajo de la
Torre –como era nuestra costumbre, sin intervenir directamente en el
pasado, pues el viaje en el tiempo no nos permite la modificación de
éste. En cuestión de minutos, llegarían todos los invitados menos el
Primer Ministro –o yo y mis compañeros no lo veíamos–, pero el ingeniero
Eiffel ya nos convocaba a subir con él la Torre, debido a que los
ascensores hidráulicos todavía no estaban listos. Comenzaríamos así
todos a escalar los 1,710 peldaños mientras Eiffel nos contaba que el
proyecto inició el 26 de enero de 1887, que se necesitaron para su
construcción 18,038 piezas de hierro forjado equivalente a 7,300
toneladas procedentes de la fábrica de Levallois-Perret, 5,300 planos y
diseños, 50 ingenieros, 132 operarios… un costo total de 7,799,401.31
francos de la época.
Desde luego hubo mucha gente que se quedaba en el camino,
definitivamente se necesitaba una buena condición para subir los más de
mil escalones; algunos se quedaban en la primera plataforma, otros en la
segunda y, después de una hora y media (exactamente a las 2:35 p.m.),
sólo llegarían once hasta arriba, incluyendo el ingeniero Eiffel, quien
colocó en la cima con gran solemnidad y orgullo una bella bandera
francesa seguida del saludo de una salva que tiraba 25 disparos de
cañón, ubicada en la primera plataforma. Todos nos habíamos quedado
boquiabiertos y con una emoción indescriptible; fue la unidad de todos
los involucrados la que hizo posible el levantamiento de semejante
construcción, pensaba. Posteriormente, Eiffel y sus acompañantes
iniciarían el descenso.
La inauguración no terminaría ahí. Justo al llegar a la primera
plataforma, el ingeniero Eiffel había planeado un pequeño almuerzo que
también incluía champán para brindar. Cuando todos estábamos en plena
degustación, Berger alzaba con algarabía su copa y brindaba diciendo
“¡Viva la República!”. En ese momento, llegaba excusándose por el
retaso, el Primer Ministro Tirard, quien se unía a la celebración del
momento.
Después de unos minutos, Eiffel comenzaría a dar su discurso
inaugural agradeciendo a todos sus colaboradores, trabajadores e
invitados el gran esfuerzo realizado para levantar la Torre y la
grandeza de Francia. A estas palabras, el Primer Ministro respondió
sentirse gratamente sorprendido y felicitó a todos, pero en especial a
los trabajadores que consideraba “la gloria, la fuerza y la esperanza de
la patria”. Luego siguieron las palabras de Chaulemps y de Rondel, un
mecánico que con gran conmoción agradecía a sus compañeros trabajadores y
al ingeniero Eiffel clamando: “¡Viva el ingeniero Eiffel! ¡Viva
Francia! ¡Viva la República!”.
Se oirían un mar de aplausos y constantes “¡vivas!”, además de que
todos escucharíamos como el Primer Ministro nuevamente felicitaría a
Eiffel comentándole que se comprometería con el Presidente Sadi Carnot a
nominarlo como Oficial de la Legión de Honor, una de las más altas
distinciones francesas y que la reciben sólo algunos. Este gran ambiente
propició que un funcionario del gobierno del ayuntamiento anunciaría a
los trabajadores una bonificación de mil francos en honor a la
inauguración. La alegría estallaría de nuevo y la felicidad se
desbordaba en cada uno de los invitados e involucrados en el proyecto de
la Torre. De hecho, se armaría un desfile de trabajadores quienes
ofrecían flores para Compagnon y su segundo jefe, Milon; Nouguier,
Salles y Koechlin. Una feria de júbilo.
Poco a poco los brindis y la convivencia iban diluyéndose, pues
invitados y obreros abandonaban el sitio. Nosotros también dejaríamos el
lugar y agradeceríamos la invitación a todos –simulada, claro– a la
inauguración de uno de los símbolos más significativos para una Ciudad y
su país. Ellos lo ignoraban, pero sabíamos que la Torre se convertiría
en una de las construcciones más importantes del mundo, que no sería
demolida después de la Exposición Universal de París y que sobreviviría a
la terrible y destructiva Segunda Guerra Mundial aumentando su valor
emotivo, estético, cultural, comercial y turístico en años muy
posteriores.
En la noche, regresaríamos a donde habíamos dejado esa máquina
inverosímil que nos llevaba y nos traía a lugares mágicos, con gente
genial y única, con la posibilidad de conocer y retomar lo mejor de esos
momentos de la humanidad; debíamos seguir, la historia continúa, sólo
somos pequeños testigos de esta gran maquinaria de la vida y el
aprendizaje es permanente, los invito a que me sigan la próxima semana.
Au revoir!